En vaya una me metí

El tema de escritura de esta semana para Periodismo Cultural es el Viaje. Así, con mayúsculas, un Viaje que nos haya cambiado profundamente, que haya ampliado nuestros horizontes. A más de uno le sonará este concepto a viajes a la India, a África o a otros sitios por el estilo, en los que uno viaja "para encontrarse a uno mismo", como reza el tópico -que valga la ocasión, como la mayoría de tópicos es bastante absurdo, porque menudo golpe debiste darte para tener que irte a buscarte a ti mismo a la India cuando tú eres de Santa Coloma de Gramanet de toda la vida, ¿no?-.

No creo que yo escriba sobre esta acepción del tema propiamente dicha, ya que casi todos los viajes que he hecho los he hecho con mi familia, y aunque París o Venecia son bonitas, viajar de la mano de tus padres es algo que habitualmente haces no por volición propia, sino porque se te dice. Y aunque nuestros padres en su infinita sabiduría nos quieran maravillar con el Louvre o una puesta de sol en el Montblanc, a esas edades somos solo unos mocosos que lo que quieren es volver al coche porque les duelen las plantas de los pies de tanto andar ya; con lo que el valor del viaje queda algo diluido por tus recuerdos de estar en el asiento trasero de un Opel Kadett masajeándote el dedo gordo del pie.

Sin embargo, hace ya algo más de un año hice un viaje que quizás a muchos no les parecerá muy impresionante, pero que fue un paso bastante significativo para mí. Fue el primer viaje que hice yo solo, y me recuerdo a mí mismo vagando por la terminal del aeropuerto con mis bártulos y la nevera de mi medicación, en un estado de aturdimiento entre el de un ciervo golpeado por la luz de los faros de un coche o una víctima del mal de Stendhal. Para ser mi primer viaje en solitario no estaba nada mal, me iba a coger un avión -por primera vez en mi vida- hasta el aeropuerto de Malpensa en Italia, cerca de Milán, donde me esperaba un flamante coche de alquiler -que vaya cirio para alquilarlo-, y sobretodo, me esperaba Ella, con mayúscula, mi novia, con la que llevaba saliendo por aquel entonces medio año.


Aquí podemos ver una foto clara de un ejemplar típico de pazguato ibérico deslumbrado por los precios del duty free.


No es que fuera una de esas relaciones raritas a distancia, que partiendo de la base que yo no sé hablar italiano habría sido algo curioso, sino que ella había partido hacia las Italias para disfrutar de una beca Erasmus. Y yo, en un alarde de melíolamantaalacabeza-ismo nada habitual en mí, decidí coger los bártulos e irme para Italia con ella. Así, me quedé más pelado que una rata y me reservé billete de avión y coche para moverme por la región de Varese, para seguidamente hablar con mi médico.

Esta ya es la segunda vez que me refiero a mi medicación o a temas médicos. Seguro que os habréis dado cuenta porque sois todos muy avispados. Ay pillines. El caso es que sufro hemofilia y necesito medicarme ante el más mínimo golpe, so pena de tener tal hematoma que me quede la complexión como la de un pitufo -por lo de azul, ja ja. Que broma más elaborada-. Con lo que me dispuse con determinación a pasar por los controles de seguridad de los aeropuertos con un maletín refrigerado lleno de jeringuillas repletas de un polvillo blanco que a ojos de cualquier vigilante aficionado a las películas de Michael Bay parecería por lo menos discutible. Para mi pasmo en El Prat ni tan siquiera me preguntaron por qué puñetas quería subir a un avión con un montón de objetos afilados y polvo marcado con el símbolo de peligro biológico. Viva la seguridad de nuestros aeropuertos.

Los Palos del Mal, sitos en una fortaleza aislada en medio del Lago de Como para que su arcano patrón rojiblanco no destruya la cordura de la humanidad.

Una vez llegado al aeropuerto de Malpensa, sufrí dos shocks. Primero, constaté que efectivamente no entendía ni palabra de italiano y que mi abuela no tenía razón con eso que me decía de "no sufras, si total los italianos hablan como nosotros". Segundo, vi la tarifa de alquiler del coche. Bueno, por lo menos aún me quedaba algo de dinero para comer.


Espero no tener que explicarle al chófer adónde voy.

Partí así pertrechado al encuentro de mi amada, viaje épico que llegó a su meta más o menos al final del finger de desembarco del avión, donde ella me esperaba. Qué pasa, si queríais un relato largo de un viaje que parece interminable, haberos ido a leer El Señor de los Anillos. En todo caso, pasé cinco días maravillosos con ella en Italia, pero sobretodo, recuerdo el sol sobre el Lago de Como, y más que nada, recuerdo el lago reflejado en sus ojos (síii, por fin, ya soy un cursi). Supongo que no tengo capacidad para los viajes, porque recuerdo mucho más nuestros ratos en el apartamento en el que estábamos alojados que el Duomo, el mencionado Lago de Como o las Galerías de Milán.

Vemos en esta foto una escena típica de Milán, las multitudes paseando ante una estatua ritual de una vaca albina que representa el espíritu nacional. O algo así era.

Con todo, no partí a encontrarme a mí mismo, sino a otra persona -que la encontré, y hasta hoy aún no la he soltado-, pero creo que este primer viaje no será el último.

Total ya he superado el catering de Vueling, soy un hombre que no le teme a nada.

btemplates

2 respuestas:

Isam dijo...

Què bonic!!!
Exigimos foto romántica de los enamorados!
Exigimos explicación del chiste de los palos del mal!
Exigimos que el autor de rienda suelta a su vena cursi, que en contraposición con el ácido de sus chistes habituales, consigue una gamma de matices exquisita!

Denkara dijo...

Y lo bien que nos lo pasamos ese finde de 4 dias!
..lago Como ..Duomo Milano.. ..Galerias.. ..esos tutes de Mtv, pq no hechaban nada mejor en la tele...
Cuando la economia nos lo permita, repetimos!

Muchos besikos cariño!!