Puerta, Dulce, Pelota


Me pidieron
para una práctica de una asignatura un relato con estas tres palabras, pero que cambiara su sentido más allá de lo convencional. Claro, lo primero que le viene a la cabeza a uno para un relato que contenga estas palabras es una historia con un personaje que rememora su infancia -el dulce, la pelota- y que un día experimentó un suceso que la hizo dejarla atrás -la puerta-. Pero creo que lo que redacté al final rompe bastante estas expectativas. Ah, y que conste que la temática no viene determinada en absoluto por esa invasión cultural que es el Halloween:

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Los demonios son criaturas simples. De verdad, no hay nada misterioso o raro en ellos. Tienen su cometido, y ya está. Son cosas de pura tozudez. Simples. Unívocos. Uno no se da cuenta de esto hasta que se encuentra en mi situación. Cuesta decidirse, porque claro, los demonios no están precisamente bien vistos, pero cuando uno sabe que necesita algo que solo puede hacer un demonio, pues se busca un demonio.

Subo las escaleras del piso esperando sangre, cánticos, etcétera. Bueno, el tópico, ya se sabe. Llego al umbral del piso, y llamo al timbre. El zumbido resulta bastante mundano y decepcionante. Me abre la puerta un señor bigotón, bajito y algo entrado en carnes. Ahí van mis idealizaciones de cómo debe ser un brujo. Lo habitual –según me han contado- es que llegues, pagues, y te den lo que has venido a buscar, pero el señor –Venancio se llama- me dice que anda algo escaso, pero que si no me importa, puede invocarme uno.

Tras pasar a un salón donde lo más impío que hay es una pastorcilla de Lladró, acepto una taza de café y me siento en una butaca con funda de ganchillo, expectante. Cuando te has decidido a hacer algo así, bueno, te creas ilusiones. Me descubro cubierto de un sudor incómodo. El señor Venancio saca un plato con un pedazo de dulce de membrillo de la nevera, cierra la puerta de la cocina y deja el dulce en el suelo ante ella.

Es realmente curioso. Solo se necesitan dos cosas para invocar un demonio: una puerta y una promesa. Siendo simples como son, los demonios buscan una promesa; de destrucción, de trabajo, o de algo tan simple como un pedazo de dulce de membrillo. El infierno no debe ser un sitio agradable, solo así uno entiende como tendrían estas ansias de venir. De hecho probablemente les estamos haciendo un favor. Quizás se lo merezcan. No, seguro que se lo merecen, al fin y al cabo son sólo demonios.

El señor Venancio coge el pomo de la puerta. Es una pena haberme perdido lo que ha dicho a la puerta. Se me ha ido el santo al cielo, qué cosas. La puerta se abre, y tras ella solo hay negrura. Bueno, negrura y una masa confusa de garras, colmillos y carne. De hecho no está nada mal. A pesar de todo, la sensación que transmite la cosa es de sorpresa. Seguro que cuando el señor Venancio le ha prometido destruir el mundo no ha mencionado una salita de estar con papel pintado de florecitas en las paredes y una muñeca de una folclórica encima de una tele de tubo.

Metiéndose una mano en un bolsillo e intentando parecer amenazador el señor Venancio se dirige a la cosa en su idioma. No entiendo nada. Sinceramente tampoco me importa lo que tenga que decir el demonio. No he venido buscando conversación. Da la impresión de que el brujo tiene poder sobre la criatura, de que el demonio ya se sabe atrapado. Con un gesto de la mano del señor Venancio, la cosa se retuerce sobre sí misma y queda reducida a una pelota de un color rojizo.

Con una sonrisa incómoda, pago lo convenido y me entrega la pelota. Es del tamaño de la palma de la mano, y pulsa, se diría, con rabia y frustración. Pero eso no importa, lo que importa es que durante la próxima hora el demonio es mío para hacer con él lo que yo quiera, y que el demonio sabe que si quiere volver al agujero llameante al que llama casa, más le vale obedecer. Y me importa un carajo que esté mal visto. Lo que pasa es que hay mucho hipócrita que no admite que trata con brujos. La criatura es mía y haré con ella lo que me plazca esta hora.

Al fin y al cabo, los demonios son criaturas simples.

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