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Ida y vuelta al Reino de Obsidiana

Empecé a escuchar música metal como todo el mundo, en el instituto. En esa edad en que te crees que por dejarte el pelo largo y llevar camisetas contra más cafres mejor cambiarás el mundo. Recuerdo que el primer disco que me compré fue el Roots de Sepultura, luego algo de Blind Guardian y media discografía de Metallica (que por aquel entonces aún no habían sacado Load y aún eran medio decentes. Luego nos jodieron el Napster y ya nos empezaron a caer mal). El caso es que a la mayoría de gente se le pasa la afición, pero como soy de natural testarudo (o algunos dirían que lento, allá ellos) nunca me dejó de gustar la música metal. El hábito de llevar camisetas de grupos con nombres ininteligibles sí que se me pasó, como el de llevar el pelo largo. Con los años hasta he dejado atrás el hábito de llevar pelo, a secas.

El caso es que me llevé el gusto por la música metal conmigo a la universidad, sin importarme que toda la pandilla de seres avanzados que escuchan basura como Antonia Font y Manos de Topo me consideraran un garrulo, y allí conocí a Isam. Isam es un buen amigo, mejor persona, y todos esos tópicos que se suelen mencionar para desmerecer una amistad sobre papel. En resumidas cuentas, es uno de los pocos amigos que conservo, cuya amistad considero que vale la pena mantener y que está suficientemente alterado como creer que la mía también es digna de mantener. Cultiva una apariencia de heavy arquetípico, vestido de riguroso luto, con el pelo largo, liso y también de luto, y como dice él mismo “los heavies como las putas, la chupa en verano y la chupa en invierno”. Luego le conoces y te enteras de que le gusta el yoga y fue monitor de un cau y el mito cae un poco, que se apellide Alegre tampoco ayuda demasiado.

Isam toca el teclado y ha estado en un par de grupos, tocando desde versiones de In Flames hasta temas sacados de videojuegos japoneses. También es el culpable de que mi afición por el metal haya crecido. Ha sido un verdadero cicerón durante todo este tiempo y me ha permitido dejar atrás a Rhapsody of Fire y similares para adentrarme en terrenos más espinosos, como el rock progresivo, el black metal, el drone, el death metal, el prog, y demás anglicismos sofisticados. Isam dejó de tocar durante un par de años, se le notó, pero hace poco vino un día al bar de la facultad con la mirada iluminada y me dijo “estoy en un grupo nuevo”.

El grupo en cuestión es Obsidian Kingdom, un grupo de post-black metal progresivo (sus palabras, no las mías). Después de sacar dos trabajos, Matter y 3:11, el grupo cambió su formación y buscaron nuevos miembros, entre ellos un teclista. Isam pasó de estar apagado a estar desaparecido la mitad de los fines de semana y tener ese brillo enfermizo en la mirada al que se suele llamar ilusión. Al cabo de unos meses me propuso que asistiera a uno de los ensayos del grupo, y tras haber escuchado su música (está toda en su bandcamp y en spotify) me pareció una gran idea. Después de dos fines de semana de tropiezos (que si el bajista no ha venido, que si hace días que no tocamos y este fin de semana sonaremos mal), me llamó en viernes por la noche para decirme que la siguiente tarde me pasara por el local de ensayo. Cancelé todos mis planes para esa tarde y me propuse engañar a mi abnegada novia para que me acompañara e hiciera fotos. Lo conseguí.

Nos pusimos en marcha a las cuatro de la tarde (la medianoche habría sido una hora más true, pero los locales de ensayo tienen la mala costumbre de cerrar), hasta una dirección en l’Hospitalet. Dejamos el coche en frente de lo que parecía un almacén, perdido en un polígono industrial desierto (visto el sitio sigo pensando que la medianoche y a poder ser en luna nueva sería una hora más apropiada para el ensayo) y leímos, efectivamente, “locales de ensayo y trasteros” en un cartel deslucido sobre la entrada para camiones. La creatividad y el genio al lado de los muebles de la abuela, Dios la tenga en su gloria. Isam, con pantalón corto y botas de cuero en pleno verano, nos baja a buscar y razona con el vigilante de la entrada, que lucía apropiadamente simiesco en su jaula de cristal leyendo el Marca, para que nos abra la entrada. El almacén tiene las paredes pintadas de un azul grisáceo, con puertas metálicas numeradas con letreros pintados con plantilla, y el suelo marcado por las roderas de interminables trasiegos de amplificadores y material en carretillas. Nos esperamos con un silencio incómodo a que baje el ascensor, apropiadamente forrado de rojo infernal, y ascendemos al segundo piso del Conservatorio de Satán.

El ascensor nos arroja a una sala de la que salen varios pasillos, pintada del mismo azul carcelario que la entrada del almacén e  iluminada mortecinamente por fluorescentes. El aire de la sala retumba con los ensayos de media docena de grupos, en los pasillos hay puerta tras puerta de salas de ensayo, sucintamente numeradas con pintura rojo oscuro y con una ventanilla al lado que está tapada en la mayoría de casos con un papel con el nombre del grupo que la usa. Mirando someramente los carteles que decoran las ventanillas de al lado de los Obsidian veo que se deben sentir en su ambiente, son una sucesión de caligrafías góticas y abigarradas cada una acabada en más pinchos que la anterior.

En la ventanilla del local de los Obsidian Kingdom hay pegada una copia del 3:11, su anterior disco, dedicado a los miedos atávicos. Tener pegada similar obra de arte de Ritxi Ostáriz en un cristal me parece un crimen, pero me aseguran que “el CD no está dentro”. Isam abre la puerta, y nos golpea literalmente un muro de sonido, de guitarra distorsionada, bajo zumbante y batería acelerada. Al fin podré meterme en una de estas reuniones, que según el propio grupo son para dominar el mundo con la forma más pura de magia: la música. 

Isam, o Zero Amour Iggdrassil, como se le conoce aquí dentro, es el teclado de Obsidian, Rider G Omega y Prozoid Zeta JSI son los guitarras, que permanecen en el grupo desde su formación, Fleast Race O’Uden es el bajo (y el más joven), y um, Ojete Mordaza II es el batería. Utilizar nombres artísticos inverosímiles es algo muy prog. Poder hacer mención a un esfínter corporal en un press kit y que los medios se lo tengan que tragar es un plus. Me esperaba velas negras, oscuridad y túnicas, pero el calor hace mella hasta en el metal más duro, no desentonamos con nuestras mangas cortas y no soy el único de la sala que va con chanclas.

Los Obsidian Kingdom tocan en un espacio pequeño, saturado. En un espacio de poco más de  diez metros cuadrados tengo a mi alrededor, en el sentido de las agujas del reloj y desde mi lugar privilegiado pegado a la puerta por falta de más espacio, la batería, los teclados, un guitarra y el bajista, con Rider en el centro, sobre los pedales de efectos de las guitarras. De entre las montañas de amplificadores y fundas de instrumentos que ocultan las paredes insonorizadas alguien desentierra un par de taburetes y se los pasa a mi novia y a mí. Saludo intentando no parecer demasiado fan a los integrantes del grupo que me presenta Isam y me siento a esperar que ocurra la magia. Creo que solo podría tener más pinta de groupie si fuera una rubia con una 90 de sujetador.

Suele decirse que la música es algo que se siente dentro, y en el pequeño box de ensayo la música resuena, y vibramos nosotros con ella. El calor es infernal, y todos los miembros del grupo sudan a chorros. Ojete Mordaza comenta que “estaría bien mirarse el local climatizado aunque salga por cincuenta euros más”. A Isam se le pega el pelo a la cara y a mi novia se le está empapando la ropa de sudor.

Rider pone orden –como hará más de una vez en el ensayo- y se dirige al grupo: Tomorrow, luego Maze y Solitude. Las dos últimas las conozco, son del 3:11, que me habré escuchado ya unas cuantas veces. La primera quizá esté en el nuevo disco, del que no diré nada más. Al comentar con Rider que me proponía escribir un artículo sobre el ensayo me ha mirado a los ojos y me ha dicho “preferiríamos que no digas demasiado del nuevo disco” con esa cara sonriente que te ofrece el padre de una chica cuando te estrecha la mano con unos ojos que dicen “como le hagas algo a mi niña te arranco los huevos”. Me ha parecido un tipo muy cordial, entregado a su obra.

La primera canción es bastante más melódica que las del 3:11, pero a mediados de canción Obsidian Kingdom sube las apuestas y la canción se acelera con un crescendo imparable. Las guitarras entran en solos virtuosos, el teclado y el bajo saturan de sonido la sala, creando un paisaje sonoro bello pero extrañamente perturbador. La batería que tengo a medio metro hace que deje de hacer el gallito y me ponga los cascos de insonorización. Después de Tomorrow, que me deja con ganas de más, entran directamente a Maze, con un principio que es un asalto sonoro.

Rider e Isam se dejan la voz, el grupo entero está en trance. Me siento el tipo más privilegiado del mundo, para ellos esto es un ensayo, yo estoy en un concierto privado. Terminada Maze, Solitude empieza, con una parte inicial que incorpora tramos de teclado que no están en la versión que yo conocía, anterior al ingreso de Isam en el grupo. Son entre las tres canciones más de un cuarto de hora de pura gloria, a los dos minutos cierro el portátil con el que pretendía escribir in situ y simplemente me siento a apreciar la actuación en toda su intensidad y brutalidad auditiva. Aida, mi novia, no deja de hacer fotos. El grupo está en plena subida de Solitude y empieza el headbanging. Rider, Prozoid y Fleast se doblan sobre sus instrumentos, Isam cierra los ojos y la batería entra en un doble bombo vertiginoso. Los amplificadores me hacen vibrar las entrañas y se me pone la piel de gallina.

Después de las tres canciones el grupo se para. Descansan todos y nos preguntan nuestra opinión. Me siento abrumado, indigno, con esa admiración que solo se puede sentir hacia alguien que hace algo de lo que te sabes incapaz. Farfullo que suenan mucho mejor en directo que en el disco, y que me está encantando. Supongo que también estaré poniendo cara de idiota. Rider me pregunta que si veo distinta la primera canción de las del 3:11. Le contesto que sí, pero que me parece bien cohesionada, y que es mucho más melódica. Rider me explica que sí, que quieren un enfoque más melódico en sus nuevas canciones, y me dice que si no me choca que ambas puedan salir del mismo grupo. No me choca en absoluto, ambas canciones tienen el mismo sentido del ritmo, atrapan a quien las escucha en una espiral.

Después de intercambiar opiniones, tocan Prey, la canción que faltaba por tocar del 3:11. Terminada Prey, entran a tocar, seguidas, tres canciones del nuevo disco, un álbum conceptual basado en una obra literaria (recordemos la mirada de Rider) que tienen colgada presidiendo el local. Es una historia victoriana, oscura, de locura, raptos, un auténtico descenso a los infiernos. De hecho, con el pulso demostrado en 3:11 tratando los terrores primarios humanos, no es un tema que se aleje demasiado. 

Las tres canciones que tocan introducen melodías una tras otra, tejen un paisaje sonoro tangible. Me siento a escucharles, mirando el poema, consciente de que estoy asistiendo a la creación del nuevo disco. De la misma manera que los temas de 3:11 son cerrados, unitarios, tengo la sensación escuchando los nuevos de que solo podría hacerles justicia al explicarlos si escuchara el álbum entero. Cada canción evoca una escena de un retablo macabro que fluye sin problemas, un álbum con varios temas que son uno solo. Las melodías inquietantes, los crescendos del descenso a la locura, la cadencia sin piedad de la batería… Estoy viendo los decorados de la historia, las salas esplendorosas que se derrumban dejándonos atisbar el abismo que esconden.

Quedo completamente mesmerizado por la música, al cabo de unos minutos que se me hacen horas los Obsidian se detienen y deciden salir a tomar un descanso. Al abrir la puerta de la sala, el aire de pleno julio que entra por la rendija se me antoja casi glacial. Rider se queda dentro de la sala experimentando con los pedales de efectos y su guitarra, se le ve absorto en la música. Isam, Prozoid y Fleast se sientan en el pasillo y me piden mi opinión. Les expreso (torpemente) lo que he llegado a disfrutar y acompaño a Mordaza a las máquinas de bebidas de la planta baja a buscar algo de beber.

Encerrados de nuevo en el ascensor infernal, nos conocemos algo mejor, al fin y al cabo compartimos la amistad de Isam. Eso y yo llevo siguiendo el blog de Mordaza, Furia Contra la Máquina, desde hace tiempo. Yo le cuento mis miserias de juntaletras y él me explica como de Madrid se mudó hace poco a Barcelona, y la intensa preparación que le supuso entrar en Obsidian. El grupo juega en sus canciones con tempos poco convencionales, y hace cambios de ritmo inesperados. Con todo, le aseguro que lo está haciendo mejor que bien, y que su batería tiene una fuerza impresionante. Subimos de nuevo él con su refresco y yo con una botella de agua de litro y medio (Bezoya, bezoya, tócame la…) y nos recibe más música desde la sala entreabierta donde ensayan los Obsidian.

Isam, Fleast y Aida aún están en el pasillo, refrescándose, pero Prozoid y Rider están improvisando en el interior. Sigo charlando un rato con Mordaza, pero veo como se le van los ojos y los oídos. Pronto tanto él como el resto del grupo entran a la sala, llamados por los cantos de bestia marina (porque no pueden ser de sirena) que salen de ella. Se pasan más de diez minutos improvisando, tocando registros propios desde Mastodon hasta God is an Astronaut, pasando por Alcest. Se me ponen físicamente los pelos de punta. Cuando les pregunto si algo de lo que han tocado lo tenían escrito y Rider me dice sonriente que no, pero que “esto es fácil, no tiene ningún misterio”, siento poco menos que reverencia. Esta gente juega en una liga distinta y que yo no me podría ni haber imaginado cuando hacía versiones torpes de Master of Puppets a los diecisiete.

Después de la improvisación, vuelven a canciones que no conozco, creo reconocer alguno de los temas que ya habían tocado, pero los Obsidian se detienen a cambiar y retocar partes. Los cinco discuten efectos, acordes, notas, y como es lógico no me entero de nada. Vuelven a tocar los temas que habían tocado antes del descanso y uno que solo había escuchado en formato midi en el Guitar Pro del ordenador de Isam, y deciden cambiar una parte de la estructura de la canción, se ponen a improvisar riffs y acompañamientos. 

Abrumado por tanta creatividad, y temeroso de quedar a la altura del betún si se me pregunta por mi opinión en una vez más (se diría que me siento casi indigno de que me pregunten), decido marchar con Aida y dejarles que acaben la parte más técnica del ensayo en privado. Me despido agradeciéndoles la oportunidad, sintiéndome empequeñecido. Me estrechan la mano y me dicen que les va bien tener público en los ensayos para ver qué funciona y qué no y me siento hasta importante. Salimos de los almacenes bajo la mirada atenta de un simio distinto desde la garita de vigilancia. Me subo al coche, sintiéndome hechizado, dejando parte de mí atrás y con ganas de volver al reino de obsidiana, de ver a los actores que bailarán por los escenarios que tejen con su disco inacabado. De verlos bailar, horrorizarse y sangrar.

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Barcelonas ocultas

HACE DOS SEMANAS publiqué en El Mundo un artículo sobre la peculiar visión de Barcelona de Dani Cortijo, historiador, escritor y poseedor de conocimiento poco común sobre la ciudad. Les dejo el enlace al artículo y les pongo más abajo la transcripción íntegra de la entrevista.
Foto por Santi Cogolludo
Ubeinn: ¿Como son las otras Barcelonas?

Dani Cortijo: Las otras Barcelonas están dentro de la Barcelona “normal”, pero tenemos que educar nuestra mente y nuestros ojos para poder verlas. Por ejemplo, aquí al lado, en la Calle Joaquim Costa, tú ves una calle normal del Raval, pero allí en 1912 hubo una de las criminales más sanguinarias de la historia de Barcelona, Enriqueta Martí, la vampira del raval , o que fue la calle más rebelde de la ciudad en el Siglo XIX. Si pasas por esta calle o cualquier otra de la ruta, ya no verás solo esta calle, verás la de 1912, puedes pasar por una tienda y saber que dentro de esa tienda hay una muralla romana, yo te ayudo a ver estas otras Barcelonas. Hay quien me pregunta “¿como es que te gustan estas calles tan estrechas?”.  No veo solo estas calles, veo muchas otras, y no estamos hablando de magia ni nada, simplemente de conocer tu entorno para quererlo. Para querer el patrimonio hay que conocerlo.


U: Patrimonio como el caso de quién pasó de lustrador de zapatos a mago.

DC: Sí, lo del lustrador de zapatos y el mago viene de que se conservan pocos anuncios del siglo XIX, y dos de ellos son de la misma persona, que fue primero lustrador y acabó siendo mago de la corte real. Empezó lamiendo su betún para demostrarle a la gente que era natural, y fue haciendo más trucos hasta que se dio cuenta de que a la gente le interesaba por los trucos y no por su habilidad como lustrador. De ahí actuó en los Campos Elíseos del Eixample, y se fue proyectando. Podemos reseguir su historia saliendo de un recorrido turístico más tradicional y hacemos un recorrido a fondo. Yo siempre digo que si estás en una encrucijada de calles, toma la que no sabes hacia dónde va. Si ya sabes hacia dónde irás por la derecha, coge la izquierda. Cuando mires a tu alrededor y no sepas dónde estás, en ese momento estás conociendo Barcelona. Puede que aunque cada día durante treinta años vayas de tu casa al quiosco por el mismo sitio, un día descubras una marca en una pared que siempre estuvo allí y no sabes qué significa. Hay gente que ha vivido siempre en Barcelona y no la conoce.

U: ¿De dónde surge este interés por lo olvidado?

DC: Todo el proyecto Altres Barcelones, dónde tengo el blog, empieza cuando a los dieciocho años empiezo a hacer de guía turístico por las calles de Barcelona. Hacía rutas para niños y tenía que buscar temas atractivos para que se fijasen. Iba tomando notas, que se convirtieron en un blog, que se convirtieron en un programa de radio, que se convirtió en un premio, que se convirtió en un libro, que se ha vuelto a convertir en una ruta por la calle. Yo vengo del medio Internet, y me interesa mucho el contacto con el lector, la ruta me permite un contacto directo con el público. Además me he encontrado con gente que viene a la ruta y sabe cosas que yo no sé, siempre aprendo algo, o que me han hecho una pregunta, me ha picado no saber la respuesta, lo he buscado y he encontrado una buena historia. Hay muchos temas surgidos así en mi blog.

U: Cuénteme algún punto de la ruta que le guste particularmente.

DC: El caso del marine encerrado en un bar. He conocido a la protagonista de la historia, y ha venido a la ruta gente que había estado ese día sacando cadáveres de las aguas del puerto y que iban asintiendo mientras lo contaba. Siempre digo que la historia hay que comprenderla in situ, la historia está ahí, hay que tener un cierto fetichismo sabiendo que estas piedras que ahora pisas en su día las pisaron los romanos. Tenemos una ciudad con 2000 años de historia. A veces hablando con gente de fuera de Europa, llevando alumnos estadounidenses, les dices “esta pared tiene más de 2000 años”, y se ríen, creen que les estás tomando el pelo. No apreciamos el estar con esta historia a nuestro lado. Buscamos temas con los que la gente convive a diario pero no lo sabe o no lo aprecia. Y buscar rutas atractivas, graciosas. Que si fuéramos una escuela atrajeran al alumnado. Hacemos ocio cultural. Hay que venir a pasárselo bien, yo no doy muchas fechas, cuento anécdotas para que la gente se quede con ellas. Por ejemplo, que durante la ocupación napoleónica se usaban las espardenyes para defenderse como si fuera un arte marcial...

U: ¿Espardenyes como arma marcial?

DC: Esto lo explicaba Joan Amades, como en esa época los barceloneses debían ir desarmados, a veces usaban las espardenyes como arma arrojadiza. También hay testimonios del Baró de Maldà que en las tabernas fuera de las murallas -fuera de murallas no se pagaba impuesto para el vino- a veces cuando los soldados franceses se ponían bravos, la gente les tiraba porrones. O para comunicarse con los ingleses la resistencia usaba las cometas de los niños que jugaban. Y como esto, muchos episodios.

U: Hábleme de los Victors universitarios.

DC: Este emblema se utilizaba para reconocer gestas universitarias, y en Granada he visto algunos datados en 1992, o sea que allí no se ha perdido la costumbre, pero mucha gente lo relaciona porque Franco pasó por Salamanca, vio estos símbolos en la Universidad y se los apropió como emblema propio para el desfile de la victoria. Incluso alguna persona se pregunta porqué no se borra eso si es franquista, pero son símbolos del siglo 19, de estudiantes que nadie sabe quién son ahora.

U: Se trata de verlo de otra manera, de buscar más profundidad. ¿El turista de la ruta es local o extranjero?

DC: Depende, cuando hay vacaciones suele venir gente de la ciudad, que viene a estas rutas y ve cosas que no ha visto nunca. En la última ruta, en el puente, me vinieron unos aragoneses que estuvieron contentísimos de ver una Barcelona como nunca la habían visto. Es una oportunidad para la gente de la ciudad de descubrir una ciudad en la que viven pero que desconocen.

U: ¿Cómo es esto de ganarse la vida recordando lo que los demás olvidan?

DC: A mí me gusta mucho, y es mi pasión, la verdad. Me ha aportado mucho a mi manera de entender la historia, y a entender que la historia no es solo la historia de las grandes cosas, si entiendes como pensaba un menestral en el siglo XIX, puedes entender la revolución industrial, pero te tienes que poner en la mente de la persona. No creo en la historia objetiva, la historia es subjetiva, hay que intentar ponerse en la piel de las personas que vivieron esa situación y en la de sus adversarios. A veces las cosas no son grandes sucesos, sino las vivencias de personas individuales, los cambios de mentalidad del pueblo.

U: ¿Este bar en el que estamos qué tiene?

DC: Hay sitios que aún conservan un encanto especial, bares, restaurantes, incluso pisos. Conocí hace poco a la inquilina del piso de Enriqueta Martí y me ha invitado a su casa. Algunos sitios conservan este encanto, y aún que tengamos esta idea de que Barcelona es una ciudad cosmopolita, no debemos adoptar esta actitud de borrar lo que es nuestro y adoptar lo moderno. Nuestra manera de ser modernos debe ser sin renunciar a nuestro pasado. Estar orgullosos de las murallas romanas, tenemos la suerte de poder ver en el mismo sitio cosas medievales, columnas romanas al lado... no hay que olvidar. Ni lo nuevo es mejor, ni lo viejo lo fue siempre. Antes había personajes populares en Barcelona como la Moños, y ahora decimos que eso se ha perdido, pero siguen habiendo personajes similares. Como historiador hay que mirar atrás, pero también a su alrededor. La Moños tiene una película, un autómata en el Tibidabo, pero nadie conoce a personajes como la “Marieta enfarinada”, que era una persona que creía que si tenías los mofletes rojos ibas al infierno y se enharinaba la cara. Barcelona es una ciudad donde hay de todo, un amigo mío me decía que le gusta el Raval porque aquí puede vestirse como le dé la gana y nadie le mira raro... Una Barcelona sin personajes populares sería muy aburrida. Ahora mismo en Gràcia está el Senyor Sebi, un señor muy mayor que se dedica a dibujar a la gente y cantarles canciones, porque un día se iba a suicidar y una voz le dijo que lo que tenía que hacer era dibujar...

U: ¿Te consideras un personaje raro?

DC: Raro, no, pero soy una persona pasional, me gustaría hacerme eco de la pasionalidad de Barcelona, pero si invertir muchas horas en algo que no me da beneficios pero creo que da beneficios a la sociedad es ser raro, sí, soy raro.